La reunión de la mesa política del gobierno dejó mucho más que una foto institucional.
Detrás de los saludos medidos, las sonrisas forzadas y los discursos de unidad, quedaron expuestas las grietas internas de un oficialismo que atraviesa uno de sus momentos más delicados desde la llegada de Javier Milei al poder.
Las ausencias no pasaron desapercibidas. Algunos sectores directamente eligieron no sentarse en la mesa, mientras otros enviaron representantes de segunda línea, en un gesto que dentro del universo libertario fue leído como una señal de malestar, desconfianza y disputa por el control político. La reunión, que pretendía mostrar orden y fortaleza, terminó dejando la imagen de un espacio fragmentado y cada vez más tensionado por internas, operaciones y pases de factura.

En los pasillos del poder ya nadie oculta la incomodidad. La acumulación de conflictos políticos, las denuncias cruzadas y el desgaste generado por las polémicas alrededor de figuras centrales del gobierno comenzaron a erosionar la narrativa de “bloque compacto” que el oficialismo intentó sostener durante meses.
Uno de los focos de mayor tensión gira alrededor de Manuel Adorni, cuya exposición pública y las controversias recientes generaron fuertes discusiones internas. Sectores aliados cuestionan el costo político de algunas decisiones y el impacto negativo que determinadas figuras comienzan a tener sobre la imagen presidencial.
La reunión también dejó al descubierto otra preocupación: el temor creciente a una pérdida de control político en medio de la crisis económica y social. Mientras la inflación golpea el bolsillo, aumentan los reclamos y se profundiza el malestar social, dentro del oficialismo aparecen dirigentes más preocupados por preservar poder interno que por construir consensos.
Puertas adentro, hubo reproches por la falta de estrategia, críticas al círculo más cerrado del Presidente y enojo por el manejo de la comunicación política. Algunos dirigentes consideran que el gobierno se encerró en una lógica confrontativa permanente que empieza a mostrar signos de agotamiento.
Las ausencias, en política, también hablan. Y esta vez hablaron fuerte.
Porque mientras el gobierno intentaba mostrar cohesión, la mesa terminó exhibiendo exactamente lo contrario: un oficialismo atravesado por la desconfianza, las disputas de
poder y una tensión interna que ya dejó de ser un rumor para convertirse en una evidencia
imposible de ocultar.





