DESPUÉS DE MESSI: QUÉ PIERDE Y QUÉCONSERVA LA SOCIEDAD ARGENTINA

A 48 horas de la despedida de Lionel Messi de la Selección Argentina, el país comienza a dimensionar que no se fue solamente un futbolista. Se terminó una presencia que durante más de dos décadas atravesó generaciones, familias y momentos históricos. Se pierde al 10 dentro de la cancha, pero queda una sociedad que aprendió a compartir una emoción, incluso en tiempos de profundas diferencias.

Hay despedidas que terminan cuando se apagan las luces del estadio. La de Lionel Messi no.
Pasaron 48 horas desde aquella noche y el nombre del capitán continúa apareciendo en conversaciones, imágenes, videos y recuerdos. Argentina todavía intenta procesar que aquella camiseta número 10 ya no tendrá al mismo dueño.
Pero quizás la pregunta más profunda no sea cuánto pierde el fútbol argentino. La pregunta es:
¿Qué pierde la sociedad argentina después de Messi y qué conserva de él?
Se pierde una certeza.
Durante más de veinte años, millones de argentinos supieron que, cuando comenzaba un partido de la Selección, había alguien capaz de transformar lo imposible en posible.
Messi era esa posibilidad. Una pelota podía convertirse en una esperanza. Un partido complicado podía cambiar en segundos. Un gol podía detener las discusiones y conseguir algo que muchas veces parece
imposible en la Argentina cotidiana, que desconocidos se abracen. Eso ya no estará. Tampoco estará el ritual de esperar al 10. Esperar una gambeta. Esperar una asistencia. Esperar ese instante en el que todo podía suceder. Se pierde, además, un referente generacional.

Hay argentinos que nunca conocieron una Selección sin Messi. Crecieron viéndolo jugar. Lo vieron perder finales, regresar, ganar la Copa América, levantar la Copa del Mundo y finalmente despedirse.
Para ellos, Messi no pertenece solamente a la historia del fútbol. Pertenece a su propia historia personal.
Entre las imágenes que quedarán asociadas a esta generación aparece también una particularmente cargada de significado para la sociedad argentina: haberle ganado a Inglaterra.
El fútbol argentino conoce perfectamente el peso simbólico de esa rivalidad. No se trata únicamente de un partido. Para millones de argentinos, enfrentar a Inglaterra siempre estuvo atravesado por una
memoria histórica que excede a una cancha. La Guerra de Malvinas dejó una herida profunda en la sociedad y convirtió cada encuentro deportivo entre ambos países en un acontecimiento cargado de emociones.
Por eso, cuando Argentina volvió a imponerse ante Inglaterra, la celebración tuvo una dimensión que trascendió el resultado.
En ese triunfo convivieron el fútbol, la memoria, la identidad y el orgullo nacional. Y Messi también quedó ligado a esa historia.
El 10 fue parte de una generación que transformó aquellas viejas frustraciones en nuevos recuerdos. Una generación que pudo volver a mirar un partido contra Inglaterra desde otro lugar, con la camiseta argentina puesta, con la historia presente, pero también con la posibilidad de escribir un capítulo diferente.
Ganarles a Inglaterra dejó una imagen que permanecerá en la memoria colectiva. No porque el fútbol pueda borrar una historia que nunca debe olvidarse, sino porque permitió que una nueva generación construyera sus propios recuerdos alrededor de la camiseta argentina. Quizás esta sea la pérdida social más difícil de dimensionar.

Argentina es una sociedad atravesada por diferencias. Políticas, económicas, sociales, culturales y deportivas.
Sin embargo, durante los partidos de la Selección, esas diferencias muchas veces quedaban suspendidas.
La camiseta celeste y blanca funcionaba como un territorio común. Y Messi fue uno de sus mayores símbolos.
Los hinchas que estuvieron en el Monumental lo vivieron. También quienes acompañaron desde el Fan Fest, quienes viajaron, quienes siguieron el partido desde una plaza, un bar, un club o sus casas.
Miles de personas que probablemente jamás se habían visto terminaron compartiendo el mismo grito.
Messi consiguió algo que excedió al fútbol, generó momentos colectivos de pertenencia.
Si la despedida representa una pérdida, también deja un legado. Y ese legado no se mide en goles.
Se mide en memoria.
Quedan las imágenes.
Quedan las Copas.
Quedan las remontadas.
Quedan las finales.
Queda aquel abrazo después de Qatar.
Queda la camiseta.
Queda el número 10.
Queda la emoción de haber derrotado a Inglaterra. Y queda, sobre todo, una historia de perseverancia. Porque Messi también enseñó que el fracaso no necesariamente es el final.

Durante años, la Selección fue sinónimo de frustración para él.
Y él continuó.
Volvió.
Insistió.
Hasta conseguir aquello que parecía imposible. Ese quizás sea uno de los aspectos más valiosos de su legado.
Messi no solamente enseñó a jugar al fútbol. Sin proponérselo, enseñó algo sobre la perseverancia.
Que perder no significa abandonar. Que ser cuestionado no significa desaparecer. Que una historia puede cambiar.
Y que incluso después de tocar fondo puede existir otra oportunidad. Los niños que crecieron viéndolo tendrán ahora que encontrar nuevos referentes. Pero conservarán una historia que podrán contar.
“Yo vi jugar a Messi”. Y también podrán decir: “Yo vi a Argentina ganarle a Inglaterra”.
Son recuerdos deportivos, pero también forman parte de la memoria emocional de una generación.
Queda también una responsabilidad. Porque ningún país puede depender eternamente de una sola figura para sentirse unido. Messi fue un punto de encuentro. Pero la sociedad argentina deberá construir nuevos espacios donde encontrarse.

El deporte puede hacerlo, la cultura puede hacerlo, la educación puede hacerlo, la solidaridad puede hacerlo, la memoria también.
Y allí aparece una enseñanza fundamental, recordar una victoria frente a Inglaterra no significa olvidar la historia de Malvinas.
Significa comprender que una sociedad puede mantener viva su memoria y, al mismo tiempo, construir nuevas páginas desde el deporte, la cultura y la identidad.
Messi se fue de la Selección, pero no se va de la memoria colectiva, no se va de las fotografías familiares, no se va de las historias de quienes estuvieron en el Monumental, no se va de aquellos hinchas que lo acompañaron desde el Fan Fest, no se va de los chicos que aprendieron a querer la camiseta argentina mirándolo jugar, no se va de quienes lloraron sus derrotas ni de quienes festejaron sus victorias.
Y tampoco se va de una sociedad que, durante años, encontró en él una razón para celebrar juntos.
Ahora comienza otra etapa…, vendrán otros nombres, otros capitanes, otros sueños, quizás otros campeones.
Pero habrá algo imposible de reemplazar, la experiencia de haber vivido la era Messi. Una era que tuvo derrotas y victorias. Lágrimas y festejos. Copas y frustraciones. Y también momentos que quedaron grabados en la memoria argentina, entre ellos aquellos en los que la camiseta celeste y blanca volvió a imponerse ante Inglaterra en un partido que trajo grandes debates y polémicas, pero una gran alegría para el pueblo.
Porque el fútbol continuará, la Selección continuará, la historia continuará. Pero una época ya quedó atrás.
Y 48 horas después de aquella despedida, Argentina descubre que quizás no perdió
solamente a su 10. Perdió una parte de una época. Pero conserva algo mucho más poderoso:
la memoria de haber sido contemporánea de Lionel Messi.
El desafío ahora es que todo aquello que Messi consiguió unir alrededor de una pelota pueda ayudarnos a encontrarnos también fuera de ella. Porque Messi dejó de jugar para la Selección. Pero la sociedad argentina todavía tiene mucho que recordar, mucho que agradecer y mucho que aprender de todo lo que significó verlo jugar.

El 10 se fue de la cancha.
La memoria queda.
Y el legado recién empieza.

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