Javier Milei volvió a cruzar un límite peligroso, usar el poder presidencial para degradar a la prensa y convertir al periodismo en enemigo público. No es un exabrupto más ni una provocación menor. Es una metodología. Una forma de gobernar basada en la agresión permanente, la humillación del disenso y el desprecio abierto por uno de los pilares básicos de cualquier democracia, la libertad de informar y de preguntar.
Lo ocurrido en el Congreso no es un hecho aislado. Es la continuidad de una estrategia deliberada. Cuando un presidente ataca a periodistas desde el lugar institucional más alto del país, no está discutiendo ideas, está intentando disciplinar voces, sembrar miedo y marcar quién puede hablar y quién debe callar. Ese mensaje, en una república, es gravísimo.
Milei no confronta con la prensa para corregir errores, debatir datos o responder críticas.
Confronta para destruir credibilidad ajena y blindar la propia. Su lógica es simple y brutal, si el mensajero incomoda, hay que descalificarlo; si la noticia molesta, hay que atacar al medio; si la verdad no le favorece, entonces el problema no es el hecho, sino quien lo cuenta.

Ese comportamiento es incompatible con la responsabilidad que exige la investidura presidencial. Un jefe de Estado no está para liderar una cruzada contra periodistas, sino para garantizar que puedan trabajar sin amenazas, sin estigmatización y sin la presión constante del poder. Cuando eso se invierte, la democracia se empobrece. Y cuando el poder celebra el hostigamiento, el daño deja de ser simbólico para volverse institucional.
El problema no es solo Milei. Es el mensaje que instala. Cada ataque del Presidente habilita un clima de mayor intolerancia, alimenta la hostilidad en redes, legitima el insulto como argumento y normaliza una cultura política donde el periodismo pasa a ser tratado como un adversario que debe ser castigado. Esa dinámica no fortalece al Gobierno: lo degrada.
Argentina necesita un presidente que rinda cuentas, no uno que persiga a quienes se las piden. Necesita transparencia, no propaganda furiosa. Necesita debate público, no escarmiento. Porque cuando el poder se obsesiona con callar a la prensa, el objetivo ya no es gobernar mejor, es gobernar sin control.
Y esa es, precisamente, la alarma más seria de todas.





