Por estos días, el discurso oficial repite una consigna conocida: no hay plata. Sin embargo, puertas adentro del poder, la realidad parece ir en sentido contrario. A través de un decreto firmado por el presidente Javier Milei, el vocero y jefe de Gabinete Manuel Adorni y el resto de los ministros terminaron percibiendo incrementos salariales que, en la práctica, duplicaron sus ingresos en pocos meses.
La medida —formalizada en el Decreto 931/2025— implicó el descongelamiento de los sueldos de la alta jerarquía del Estado, que llevaban más de dos años sin actualizaciones. El argumento oficial apunta a una “recomposición” necesaria frente a la inflación acumulada. Pero el resultado concreto es difícil de matizar:
funcionarios que cobraban alrededor de 3,5 millones de pesos pasaron a superar los 7 millones mensuales, con proyecciones aún mayores.

El dato no sería tan explosivo si no conviviera con el contexto en el que se produce. Mientras se ajustan partidas sociales, se recortan programas sensibles y se insiste en la necesidad de sacrificios generalizados, la cúpula política del propio gobierno experimenta una mejora salarial significativa y acelerada. La
contradicción es evidente.
Desde la Casa Rosada buscan despejar críticas con una aclaración: el aumento no alcanzó al presidente ni a la vicepresidenta. Sin embargo, el gesto resulta insuficiente para disipar el ruido político. En la percepción pública, la línea entre “recomposición” y privilegio se vuelve difusa cuando quienes toman decisiones de ajuste son, al mismo tiempo, beneficiarios de incrementos que duplican sus
ingresos.

El episodio reabre una discusión recurrente en la Argentina: ¿qué lugar ocupan los salarios de la dirigencia en un país atravesado por la crisis? ¿Se trata de una actualización razonable o de una señal desconectada de la realidad social?
Más allá de las explicaciones técnicas, el impacto político ya está en marcha. En un clima de creciente malestar económico, la decisión de mejorar los ingresos de la élite gubernamental tensiona el relato de austeridad y alimenta la sospecha de que, una vez más, el esfuerzo no se distribuye de manera equitativa.




